miércoles, 7 de diciembre de 2011

Capítulo 11

- Cuéntame un poco más de ti. ¿Qué has hecho a parte de convertirte en un gran médico?
- No soy tan bueno.
- Alex dice que si. Te portaste muy bien con ella.
- Bueno, la verdad es que la aprecio muchísimo. A pesar de que casi todo el tiempo estuvo inconsciente, desde que despertó que fue como.... no sé como explicarlo.
- Sé a que te refieres. El día que nos vimos en el hospital, yo fui a conocerla porque no comprendía como podía ser que mis hijos se hubiesen cegado tanto con alguien, sobretodo Mer, pero en cuanto la vi, lo entendí al momento. Es imposible no cogerle cariño. Es como un rayo de esperanza.
- Además, su familia la tiene en un pedestal. No tienes ni idea de la de horas que se pasaron allí.
- Bueno, sé que mi hijo vino un par de veces contadas a dormir a casa. Nunca antes se había quedado fuera por ninguna chica.
- Mejor que la primera vez sea por alguien que merece la pena.
- Tienes toda la razón.
- ¿Te apetece que nos demos un paseo por el puerto?
- No puedo creer que aun recuerdes lo mucho que me gustan los barcos.
- Recuerdo muchas cosas. Las cosas importantes nunca se olvidan.
- Me pregunto si debajo de toda esa amabilidad y ternura se esconde un Mr. Hyde.
- ¿Por qué no lo averiguas y te sacas la duda?
- ¿Cómo?
- Cena conmigo.
- ¿Está noche?
- Si. No me toca guardia, así que estaré libre.
- Me gustaría, pero no quiero que termines harto de mí.
- Eso no pasará.
- ¿Como lo sabes?
- Simplemente lo sé. ¿Cenamos entonces?
- Claro. ¿A que hora?
- A las ocho y media pasaré a buscarte por casa.
- Está bien.- salieron de la cafetería y con el coche de Jack llegaron al puerto en poco tiempo.- Esto es genial. A pesar del frío, es precioso.
- Si que lo es. En estos últimos años he venido muchas veces a pensar y me acordaba mucho de ti. Lo he pensado mucho y me planteé la idea de comprarme una barca pequeñita.
- Es una buena idea. Es un buen modo de relajarse y pasarlo bien.
- Si, pero para eso necesitas a alguien con quien compartirlo.
- A veces es mejor estar solo.
- He estado mucho tiempo solo Clarise. Ya me he cansado de la soledad.
Clarise me contó más tarde mientras ponía su habitación patas arriba buscando que ponerse para la cena de aquella noche, lo mucho que deseaba que lo suyo con Jack saliese bien.
- Te aseguro que nunca me había sentido así de indefensa ante ningún hombre. Es capaz de hacerme temblar con solo una mirada.
- Eso es genial, de verdad, pero creo que deberías hablar con Max.
- ¿Crees que se enfadará?
- No. Creo que teme estar perdiéndose algo importante.
- Hablaré con él antes de marcharme.- se miró en el espejo y sopló hacia arriba para apartarse un mechón de pelo que le caía sobre los ojos.- ¿Cómo voy a ir a cenar con estas pintas?
- Si te fías de mí en una hora te cambio.
- ¿En que sentido?
- De peinado.
- Está bien. Haz lo que tengas que hacer.
- Enseguida vuelvo.- salí de casa seguida de Mer, para que Clarise aprovechase para hablar con Max y me acerqué a un supermercado que había dos calles más abajo para comprar tinte, un pincel y un cuenco de plástico en donde hacer la mezcla. Y tal vez algún helado.
- ¿Para que es eso que has comprado?
- Vamos a poner a tu madre guapísima. ¿Querrás ayudarme?
- Claro.
- Perfecto. Vamos antes de que cambie de opinión.

- Parece mentira como has dejado tu cuarto. Nadie diría que hay una cama debajo de tanta ropa.
- Ahora que lo mencionas me gustaría hablarte de algo Max.
- ¿Qué pasa?
- Esta noche he quedado con Jack, el médico de Alex. Ayer nos llevó a Mer y a mí al parque de atracciones y esta tarde fuimos a tomar un café y me invitó a cenar.
- ¿Y cuál es el problema?
- Quiero estar segura de que no te molesta.
- ¿Cómo va a molestarme algo así? Hacia tiempo que no te veía así de feliz. No voy a negarte esto porque te lo mereces. Además, Jack es un buen tío.
- Gracias hijo.
- No hay de que.- y de pronto cayó en algo.- ¿Dónde están Alex y Mer?
- Han ido a comprar un par de cosas. Deben estar al llegar.
- Espero que no haya comprado más helados. Ya no hay sitio en el
congelador.
- Yo no me fiaría de que eso vaya a ocurrir.
- Lo se…
- ¡Ya estamos aquí!- gritamos ambas desde la que puerta.- ¿Estás lista para el cambio?- le pregunté a Clarise notando que ambos ponían especial interés en la bolsa que llevaba en la mano.
- ¿Dónde los has escondido?
- No se de que me estás hablando.
- No importa Alex- me dijo Meredith que apareció detrás de mí- No hay sitio para guardarlos.
- ¡Genial! Así podré comérmelos ahora.
- No tienes remedio.
- Bueno… no te pongas así. Coge uno- dije cogiendo la caja que sostenía la niña y ofreciéndosela.
- Gracias.- Clarise también cogió uno, y Mer, así que yo también.
- ¿Te parece si empezamos ya?
- Deja que vaya a por una toalla vieja.
- Muy bien. Yo preparare esto.
- ¿Qué hago yo Alex?
- ¿Puedes traerme un trozo grande de papel de aluminio?
- ¿Para qué?
- Le envolveremos la cabeza a tu madre para que no manche nada de tinte.
- Creo que será mejor que me vaya a hacer otra cosa.- dijo Max alejándose por el pasillo.
- Aburrido…
Clarise regresó con la toalla y se sentó frente al tocador que tenía en su habitación.
Mechón a mechón tapé las raíces y le tinte todo el pelo. Cuando vio el color rojizo se asustó, pero en realidad no iba a quedarle tan llamativo.
- Confía en mí. Como mucho solo se verán algunos reflejos.
- Es solo que no estoy acostumbrada a esto.
- Entonces espera a verte pintada y todo.
- Pero si yo no uso de esas cosas Alex.
- Pero yo si, y siempre las llevo conmigo. Nunca se sabe cuando puedes conocer al hombre adecuado.- esto último lo dije más alto para que Max lo escuchara. Y solo recibí una sosa respuesta.
- Tú misma. Seguro que alguno pica.
Y entonces decidí que me aseguraría de que no olvidase esas palabras.
- Ahora solo hay que esperar a que pase el tiempo recomendado.- le dije tras ponerle el papel de aluminio en la cabeza.
Las tres miramos el reloj que había sobre la mesita de noche. Veinte minutos solamente.
- ¿Qué te vas a poner al final mamá?
- Creo que el vestido negro es la mejor opción.- nos lo enseñó y ambas debimos pensar lo mismo. Parecería una monja.
- ¿No tienes otro?
- Hay uno, pero no debería.
- Enséñanoslo.
Abrió el armario de nuevo y sacó uno de color gris oscuro de manga larga y largo hasta un poco más arriba de las rodillas. Además las mangas eran transparentes. Me encantaba.
- Decidido. Te pones este.
- ¿No te parece demasiado?
- No cuando se trata de lo que se trata.
- ¿Qué quieres decir?- aproveché que Meredith se marchaba un momento para hablar con su hermano para hablar con ella.
- Jack me dijo un día lo mucho que te había querido, que él haberte encontrado de nuevo le confundía pero yo estoy segura y creo que en el fondo él también de que si os habéis encontrado de nuevo es para que ocurra lo que estaba destinado desde un principio.
- La verdad es que si te soy sincera y voy a serlo ahora que estamos a solas, te diré que Jack siempre me gustó mucho. Supongo que de no haber aparecido el padre de los chicos quizá me habría decidido a decirle algo.
- ¿Y por que no lo hiciste antes de que ocurriese eso?
- Porque él no me trataba diferente a las demás. Pensé que como amiga podía ser pero más allá no.
- Él debió pensar lo mismo. Eso lo explica todo.- miré de nuevo el reloj. Ya era la hora.- Vamos a lavarte eso.- la seguí hasta el cuarto de baño y la ayudé a ponerse de rodillas para que pudiese lavárselo bien. Daba un poco de miedo cuando vimos caer aquella cascada rojiza, pero tras dos lavadas, aquello mejoró y una vez secó, quedó muy satisfecha.
- Alex ha quedado precioso.
- Te dije que no era para tanto.
- Bien. ¿Y ahora qué?- podía sentir su entusiasmo. Me alegraba haber empezado con todo aquello.
- Vamos a maquillarte.- menos mal que siempre iba preparada para ese tipo de casos y que me encantaban los colores oscuros, pues eran los que mejor le iban en aquella ocasión.
Le hice un recogido sencillo y una vez vestida no parecía la misma. Estaba guapísima.
Max tuvo que mirarla dos veces para reconocer a su madre y Meredith estaba contenta de verla tan radiante.
- Gracias por esto Alex.
- No tienes que agradecerme nada. Ha sido un placer.
- Espero que Jack piense igual.- el timbre indicó que pronto sabrían la verdad.
Cuando Max abrió la puerta y dejó pasar a Jack, este tampoco reconoció a Clarise.
- Cuando quieras nos vamos.- Jack la miró de arriba abajo para asegurarse de que no estaba soñando. Reconoció de nuevo a la chica que le había enamorado en el instituto y supo que aquellos sentimientos no le habían abandonado a pesar de los años que habían pasado.
- Estas preciosa- se acercó a ella y la besó tímidamente en la mejilla.- ¿Nos vamos?
- Si- cogió su abrigó, nos besó a los tres y se marchó con su acompañante cogida del brazo.
De camino al restaurante, Jack no hacia más que mirarla de reojo, sobretodo cada vez que se detenían en un semáforo.
- No puedo creer que al final vaya a salir contigo.
- Y yo no puedo creer que haya tardado tanto tiempo en ocurrir. Hoy hablando con Alex le conté algo que nadie salvo yo sabía porque tenía miedo de confesárselo a alguien. Sobretodo me daba miedo confesárselo a mi mejor amigo. A ti.
Y en lugar de seguir, puso el intermitente y se paró a un lado de la carretera para poder mirarla a la cara.
- ¿Qué era lo que no podías decirme?
- Que me gustabas muchísimo.
- ¿Yo te gustaba?-asintió.
- No quise decirte nada porque pensé que no sentías nada por mí. Como me tratabas igual que a las demás, creí que no tenía ninguna posibilidad, por eso cuando conocí a mi ex marido creí que lo mejor era intentar seguir adelante por otro lado. Intentar ser feliz.
- ¿Y lo fuiste?
- Al principio no. Tenía la sensación de estar mintiéndome a mi misma. Después lo fui durante un tiempo, y cuando me dejó con los niños, creo que ese día volví a ser yo misma. Me dolía más el hecho de haberme casado con él que el hecho de que nos abandonase.
- ¿Ha habido algún otro?
- Si, lo hay.
- Ah... Pensé que no estabas con nadie.
- Y no lo estoy. Es cierto que hay otra persona, y también es cierto que me encanta estar con ella.
- ¿Y él siente lo mismo?
- Espero que si. Aunque creo que me está torturando.
- ¿Por qué?
- Pues porque me prometió una cena y llevamos ya un rato aquí parados.
- ¿Yo soy esa persona?
- Si. Y quiero que sepas que está vez no quiero echarme atrás. Si tiene que ocurrir algo entre nosotros, quiero que ocurra.
- No podía estar más de acuerdo.- la cogió del cuello y la acercó a él para besarla.
La cena quedó olvidada y también el resto del mundo. Por primera vez en mucho tiempo, solo importaban ellos dos.



Isabella, la abuela de Max y Mer llegó para hacernos el relevo y que pudiésemos salir un poco a solas.
Una vez en la calle, Max me preguntó donde quería ir. La verdad es que no tenía ni idea.
- Vayamos a dar una vuelta.- me cogió la mano y empezamos andar sin un destino en concreto.
Llevábamos ya un buen rato por ahí cuando empezaron a dolerme los pies y le pedí a Max que descansásemos un poco.
- Eso te pasa por ponerte esos zapatos.
- No tenía otros en tu casa. Podría haber venido con los de ir por casa.
No tienes remedio...- se volvió hacia un puesto ambulante de chocolate caliente y me miró de nuevo.
- Quédate ahí. Enseguida vuelvo.
Me moría de ganas de quitarme aquellos zapatos. Los odiaba del mismo modo que detestaba darle la razón a Max.
Mientras le esperaba se acercó a mi un chico para saludarme.
- ¿Tú eres paciente de Jack Sullivan?
- Si, lo era. ¿Nos conocemos?
- No. Te vi varios días con él en los jardines del hospital.- seguramente en las conversaciones que teníamos antes de que me diese el alta.- Te observaba y se me iban todos los males ¿sabes?
- ¿Estás intentando ligar conmigo?
- Si así fuese ¿me darías una oportunidad?
- No creo que a mí novio le gustase demasiado que lo hiciese.
- ¿Y donde esta tu novio?- por un momento pensé que no me creía y debía ser así porque cuando se lo enseñé le cambio la cara.- Que lástima. Pensé que finalmente había encontrado a mi princesa.
- No desesperes. Ya aparecerá.
- Quería que fueses tú.
- ¿Por qué yo?
- Ya te lo he dicho. Te veía y se me pasaba todo. Así de simple.
- ¿Y por que no te acercaste nunca?
- Porque estabais hablando y no quería interrumpir.
- Si. Las conversaciones de aquellos días me ayudaban a levantarme cada mañana. De no haber sido por ellas, aun seguiría allí.
Me miro dándome a entender que no comprendía a que me refería.
- Son cosas del corazón. Por suerte recapacitó a tiempo.- dije mirando a Max como a referencia a lo que acababa de decir.
- Tiene suerte.
- Gracias.
- Mejor será que me vaya.- antes de alejarse se volvió hacia mi y me
estrechó la mano.- Vengo aquí todas las noches, por si cambias de opinión.
Le sonreí, pero ambos sabíamos que eso no pasaría.
Le vi alejarse mientras Max regresaba y se sentaba a mi lado.
- ¿Quién era ese?-preguntó entregándome un vaso de plástico lleno de chocolate caliente.
- ¿Recuerdas que le dije a tu madre que nunca se sabía cuando podía conocerse al hombre ideal?
- Si.
- Y tú dijiste que alguno picaría.
- Cierto.- se acercó el vaso para beber un poco.
- Pues acaba de irse. Me ha pedido salir- no se si apartó de golpe el vaso de la boca porque se había quemado o por lo que yo había dicho.
- ¡Lo voy a matar!- pero ya no había nadie por los alrededores aparte de nosotros dos. Si que había desaparecido deprisa.
- Tranquilo. Le dije que a ti no te haría gracia que aceptase- y me bebí tranquilamente mi chocolate bajo la atenta mirada de mi chico.



Para cuando terminaron de besarse, ambos estaban sin aliento, pero no podían evitar reírse tras lo ocurrido entre ellos después de tanto tiempo.
- A lo mejor no te parece oportuno- dijo Jack- pero tengo un hambre de lobo.
- Menos mal… yo también.- volvieron a reírse y decidieron volver a la carretera e ir a comer algo por ahí.
Ya no tenía sentido ir hasta el restaurante, pero Jack tenía una idea mejor.
De camino hasta el lugar, Clarise miró por la ventanilla extrañada ya que no sabía hacia donde se dirigían.
Jack aparcó al final de la calle y bajó del coche esperando a que ella hiciese lo mismo.
- He decidido cocinar para ti. Creo que te lo debo después de entretenerte durante todo este rato.
- ¿Vas a llevarme a tu casa?
- ¿Te molesta?
- La verdad es que no. Me sorprende. No sabía que cocinarás.
- No me queda más remedio. Tuve que aprender. Cuando estoy de guardia como cualquier cosa, pero intento evitarlo para comer mejor.
- Estoy impresionada.
- Gracias.
- ¿Y que me vas a preparar?
- No tengo ni idea de lo que debo tener en casa. Vayamos a ver.
Clarise le seguía muerta de curiosidad. Miraba hacia todos lados fijándose bien en como era donde vivía.
Mirándolo desde su punto de vista, la casa de Jack hacia como dos de la suya.
Sin embargo cuando entró vio lo que se temía. El piso era grande, pero uno no se sentía a gusto allí. Era demasiado frío, demasiado solitario.
Le siguió hasta la cocina y se sentó en un taburete que había junto a la barra donde supuso que comía siempre.
- Veamos- dijo abriendo la nevera y casi desapareciendo dentro de ella.
Clarise apoyó los codos sobre la barra y se limitó a observar.
Jack empezó a sacar cosas del frigorífico, posiblemente con la intención de hacer pasta.
Ella no podía dejar de mirarle. Le encantaba todo de él. Volvió a ver a aquel chico del que tanto estuvo enamorada mientras él ponía el agua a hervir o rebuscaba en los armarios y cajones buscando cualquier cosa que pudiese necesitar.
- ¿Te pasa algo?
- No. Solo recordaba los viejos tiempos.
- ¿Quieres una copa de vino?
- Me encantaría.


- Quizá debería volver a la mansión. No creo que soporte más andar con esto.
- ¿Bromeas?
- No. Me duelen mucho los pies. Los tengo hinchados y feos.
- Pues a mi me encantan.
- Eso lo dices para no dejarme marchar.
- ¿Y funciona?
- Si.- seguimos andando y al llegar a la puerta de su casa me volví hacia él- Por cierto, espero que por lo menos les des un buen masaje.
- Eso pensaba hacer. Primero empezare con los pies, y después…
- Menos lobos. Tendrás que ganártelo.
- Lo haré.


- ¿Por qué quieres brindar?
- ¿Qué tal si brindamos por nosotros?- se atrevió a decir él.
- Es un comienzo.
Él la miró atentamente. No quería ni pensar en la posibilidad de llevarla después a casa. Quería que se quedase allí con él, para siempre.
No le importaba si tenía que pedirle a su familia que se mudaran con ella. Había sitio para todos y él estaría encantado con la idea. Tendría la familia que siempre había deseado.
- ¿Qué tal va la cena?
- Necesito ayuda.
Clarise bajó del taburete y se puso a su lado.
- ¿Qué hago?
- ¿Te encargas tú de la salsa?
- Echo.
Jack puso la radio que había en la cocina y la dejó puesta mientras sonaban canciones de los viejos tiempos. Ambos se movían al son de la música, dejándose llevar por el momento.
¿Cómo era posible que hubiesen tardado tanto en dar ese paso?
La pregunta era si después de lo ocurrido en el coche ya eran algo más o solo había ocurrido porque era algo que ambos tenían pendiente.
Sin embargo fue evidente para los dos al ver como se miraban entre si.
No podían evitar mirarse de reojo y sonrojarse e incluso tuvieron un momento divertido.
Todo ocurrió muy rápido.
Jack se movía de un lado al otro mientras Clarise se aseguraba de que el tomate no quedase crudo y le añadía unas cuantas especies.
Él le pidió que se diese la vuelta un segundo para mirar si estaba bien la cantidad de vino que le ponía para volver a llenarle la copa y ella en lugar de dejar la cuchara de madera con la que estaba removiendo la salsa, se volvió con ella manchándole entero.
El único delantal que tenía se lo había cedido a ella para evitar que se manchara aquel bonito vestido.
Clarise se apresuró a dejar la cuchara para ver si él estaba bien o si le había quemado.
Le levanto la camisa sin pensárselo, como si se tratase de uno de sus hijos.
Solo hasta que él no le habló no fue consciente.
- Pensaba que el médico era yo.
- Perdona… es el instinto materno.
- No importa. Me gusta que se preocupen por mí.
- ¿Entonces puedo echarle un vistazo?
- Claro, pero estoy bien- la cogió de los brazos hasta ponerla a su altura y la beso.
- ¿No deberíamos apagar el fuego?- dijo en uno de los momentos en los que consiguió coger aire. Jack apagó el fuego y continuó con lo que había dejado a medias.
- Y además- intentó decir entre beso y beso- tengo muchísima hambre.
- Comeremos después. Te lo prometo- y siguió besándola al mismo tiempo que la conducía hasta la habitación y la hacia suya lentamente. Sin prisas, pero con todo el sentimiento que había estado guardando su corazón durante todos aquellos años.


Si os digo que me sentía en las nubes, ¿me creeríais?
Max era un auténtico genio haciendo masajes. ¿O era yo que me derretía con nada? Seguramente ambas cosas.
Estaba tan relajada que me sentía como si pudiesen hacer conmigo lo que quisieran sin miedo a que opusiese ninguna resistencia y al darse cuenta, Max aprovechó la ocasión.
Me quitó la ropa lentamente al mismo tiempo que me besaba y me susurraba cosas al oído.
Podía sentir su excitación contra mi cuerpo, y eso solo conseguía provocar el mismo efecto en mí.
Me encontré a mi misma devolviéndole cada beso, cada caricia, cada mordisco.
Me sentía como una muñeca con la que no dejaban de jugar.
También debo decir que aunque las otras veces habían sido increíbles, esta las superaba con creces.
Se tomó todo el tiempo del mundo para entrar en mí y hacerme suya.

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